Los paseos por el bosque siempre han sido curativos para mí. Me curan el mal humor, la tristeza, las preocupaciones, me llenan la retina de colores y hacen que me entre unas incontrolables ganas de cantar. Puede parecer que ir a los bosques cuando vives en la ciudad no es fácil, pero no es así.

Estos días he disfrutado de 3 paseos muy diferentes, sencillos y curativos:

Uno ha sido el paseo por el parque de mi ciudad.

Tengo la suerte de vivir en una ciudad con un parque en el centro, lleno de árboles gigantes, que han sido testigos del amor, las risas y las charlas de numerosas generaciones.

Si durante unos minutos te acercas a las gigantes copas de estos árboles, es como si una diminuta lluvia de protección te cubriera para todo el día. Unos minutos al día junto a ellos dejándonos acariciar por su vibración, es la oportunidad de recargarnos para enfrentarnos a la vorágine diaria.

El otro paseo ha sido también cerca de la ciudad.

No es tan difícil como pensamos encontrar la naturaleza palpitando cerca de nuestras ciudades. Consiste en alejarse un par de kilómetros en cualquier dirección y ahí está. En muchas ocasiones la última parada del autobús urbano puede llevarnos a un pequeño paseo entre los árboles.

Dentro del programa hogares verdes que ha promovido el ayuntamiento hemos dado un paseo por las afueras para conocer uno de esos entornos discretos y llenos de belleza.

Entre las diferentes propuestas que nos hicieron una de ellas fue dejarnos guiar por un desconocido en un tramo del bosque con los ojos vendados.

Descubrimos como la vista nos inunda y el bosque está lleno de sonidos, chasquidos, crujidos, silbidos… olores, y texturas que nos recuerdan lo importante que es pasear por él con la consciencia puesta en estos diminutos detalles.

Si de niños no aprendemos a sentir la belleza e identificar todos esos sonidos probablemente, en el futuro, el bosque, como en los cuentos tradicionales, nos de miedo y sea un espacio que no cuidemos ni protejamos.

Para nuestros antepasados pasar tiempo en la naturaleza contemplándola era algo habitual, no había tanta prisa , ni tanto estímulo electrónico. Este tiempo de calidad se convirtió también en atención y respeto. Por eso es tan importante volver a encontrar esos momentos de consciencia en la naturaleza y qué mejor forma que jugando a descubrir qué y cuántas cosas podemos reconocer.

El tercer paseo fue al atardecer de la noche de San Juan. En un camino de un pueblo en menos de medio kilómetro, fueron muchísimas las plantas que pudimos reconocer y aprender diferentes remedios, recetas y usos en las que tradicionalmente eran utilizadas.

En esta ocasión recolectamos Hipérico y preparamos un aceite que dicen es muy curativo para las quemaduras, rozaduras incluso contra la depresión .

Tengo entrañables recuerdos de los veranos con mi abuelo. Nos llevaba, en aquel cuatro latas blanco, con música cubana en el radiocasete, a pasear por la naturaleza de forma sencilla, a pocos kilómetros de la ciudad en la que estábamos. Recogíamos plantas de puros en las charcas, moras, manzanilla en la montaña … él me enseñó que la baba del caracol era mágica contra las picaduras de las hortigas …

La naturaleza nos conmueve y nos mueve. Qué mejor plan para este verano que pasar un rato disfrutando de ella despacito y con sencillez.

¿Alguna idea más de cómo disfrutas de forma sencilla de la naturaleza en la ciudad ?